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MI NOMBRE, MI ABUELA Y YO


“…Diré tu nombre cuando me encuentre lejos…”

(Del tango Mañana zarpa un barco, de De Mare y Manzi)

-Habla Victoria-

-“¿Sos algo de el flaco Morán?”- es la pregunta que siempre se impone. La respuesta suele ser pronta y breve: -“No, es el nombre de mi abuela”. Sin embargo, con unas líneas de tiempo puedo contarles de dónde vienen la Victoria y el Morán.
A principios del año 96 me presenté a concursar en un certamen de cantores para el que se me exigía un nombre artístico ó seudónimo. El nombre de mi amada abuela Victoria pedía pista pero no quería apropiarme también de su apellido, Hernández.
Fue así como con mi madre recordamos aquella hermosa película “Las cosas del querer”, que tanto habíamos disfrutado juntas - con mayor fervor mi abuela, hija de andaluces- y a una de sus protagonistas. Ángela Molina, interpretaba a Pepa Morán, personaje encantador que nos conmovió para siempre, y de allí viene la idea del que, más que un apellido, es una especie de segundo nombre.

Mi abuela y yo

Entre nosotras hubo y habrá siempre una comunión misteriosa, como alumbrada en otro tiempo, hija no sé de qué carencias y caricias que en un extremo y otro del almanaque marcaron nuestras vidas de algún modo. Yo la amaba y ella a mi, no recuerdo si alguna vez nos lo dijimos.
Era una abuela como casi todas pero no se parecía a ninguna.
Mi abuela no me contaba cuentos para dormirme, no había libros en su casa, sólo revistas viejas en las que, birome en mano, la niña que era se entretenía encontrando las siete diferencias.
Tenía una memoria prodigiosa para las fechas y las orquestas y las anécdotas de carnavales y casamientos eran sus relatos predilectos, los cuentos de mi niñez.
Me dormía entonando una copla española que su madre le cantaba mientras lavaba, según me había contado una vez. Mi pequeña hija Lucía también se duerme así.
Mi abuela no recitaba poesía, ni sabía quién era Wagner ó Cervantes, ni el nombre de las constelaciones ni la explicación científica del arco iris, ni siquiera su leyenda. Apenas había terminado el tercer grado y la única persona ilustre de la que alguna vez me habló fue Evita. No decía mucho, simplemente se le llenaban los ojos de lágrimas y solía decir que “era hermosa y era tan buena”.
No tenía una mecedora ni coleccionaba estampillas o mariposas. No pretendía legarnos ni la historia de un apellido ni una estirpe, ni siquiera una receta magistral para hacer licores. Nos compraba, eso sí, por el estómago: ravioles de verdura, buñuelitos, pastel de papas, tortas fritas, papas y huevos fritos… Los aromas de la casa de mis abuelos están como enfrascados en mi memoria.
Mi abuela era maravillosa, hermosa en toda su humana extensión, gorda de dulces y golosinas a deshoras, toda ternura, tibia, de pelo suave, manos rugosas y una inocencia que ya no abunda.
Era coqueta de alma y se arreglaba con poco, como aquellos que siempre han vivido con lo justo: un lápiz labial, un par de collares y de aros, un vestido y un par de zapatos para salir, una colonia y varios ruleros y bigudíes para componerse el pelo entrecano.
Sin embargo, ni la suma de sus virtudes ni la descripción de sus sencillos quehaceres y pensares acabarán por definirla.
Siempre que acabo de cantar el vals que compuse para ella pienso en voz alta y digo al público: “Esa era mi abuela”. Transcribo entonces aquellos versos que son la expresión de mi alma con su ausencia y y de la amorosa marca de su calor en mi vida.




Abuela mía…

Como en un sueño de lejos me llega tu voz
dulce y canora siguiendo un compás valseador:
qué necesidad tiene mi pelo de tus manos ajadas de sueño,
qué celeste capricho del cielo se llevó tus ojitos trigueños,
cuánto de tu vida hay en mi vida,
cuánto de tu ausencia en mi dolor.

Tiempo sin dueño que nunca se deja alcanzar,
destino infame de aquél que se anima a soñar…
en las siestas de la tarde tu paso pequeño viene a despertarme
y tus manos como un par de alas en la noche salen a abrigarme,
¡fantasías que abriga mi esperanza,
sueños que fatiga la ilusión…!

Ay, Abuela mía,
dónde estabas el día en que te dije adiós.
Cómo necesitaba tu pecho en ese instante,
tu ternura constante, tu irremediable amor,
cómo necesitaba creer que era mentira,
Abuela ,que te irías sin decirnos adiós.
Dónde estarás ahora pregunta mi tristeza,
y mi canto te reza en sombras con su voz.
Abuela, que entregaste tu vida con un beso,
sos la luz que a mis ojos le ha regalado Dios.


Victoria

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