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VICTORIA Y EL TANGO

-Dice Victoria-

Hace unos años comencé a entender al tango ya no sólo como un género en sí, palabra tan mentada que en definitiva nada dice, sino como una evocación perpetua del tiempo ido, concepto quizás un tanto apresurado y pretencioso, pero que parte de una pregunta que alguna vez debo haberme hecho, tal vez en el medio de un estribillo: ¿qué es lo que finalmente me atrae de esta fórmula de música y poesía tan extraña?.
Las imágenes que vienen a mi encuentro cuando evoco mis primeros acercamientos al tango tienen que ver ineludiblemente con mis abuelos maternos. Casi todo lo que sé acerca de valses y pasodobles lo aprendí de mi abuela Victoria. El tango vino por añadidura matizado en los discos que giraban una y otra vez en esa especie de mueble musical que era el imponente combinado Ken Brown.
Con el tiempo y la edad, ávida de lectura como he sido desde niña, me adentré en el mundo de los poetas que el tango ha dado, siendo Discépolo mi primer y fabuloso hallazgo. Le siguieron Le Pera, Manzi, Sanders, García Jiménez, Charlo, Cadícamo y tantos desconocidos y poco frecuentados autores de igual valía, como aquellos del tango “Vamos, vamos zaino viejo”, Tell y Vazquez, ó los de “Zaraza”, Tagle y Lara, ó aquellos de “Saludó y se fue”, Supparo y Ceglie, por citar algunos.
Musicalmente mi destino fue otro. El gran maestro de música y canto que siempre tuve es mi padre, Alberto. “Cantor y guitarrero” no sería una desacertada definición de su oficio. Con él aprendí a armonizar, a hacer dúos, tercera y quinta voz pero por sobre todo lo aprendido compartí desde muy chica la inmensa alegría de cantar. Mi viejo nunca es tan feliz como cuando amanece cantando. Uno puede estar, como dice el tango, “cubierto de malas, bandeado de apremios”, pero basta una sencilla estrofa arrancada del pecho para tener la certeza de que la vida es linda después de todo. Por eso, el día que pasa sin una música en mis labios es un día sin comida, o lo que es peor, sin hambre y ayuno de novedades.
Entre mis músicos más queridos están Lucio De Mare, Charlo, Gardel, Joaquín Mora, Agustín Bardi, autores junto a grandes poetas de rarezas como “La musa campera” de Graciani, Elías, Irusta, Fugazzó y De Mare, “Nunca tuvo novio” de Cadícamo y Bardi, ó “Yo soy aquel muchacho” de Orsi, Russo y Mora, todas melodías bellísimas en su extensión.
Es por eso, digo al fin, que me cuesta acercarle al tango una definición más prolija, porque me arriesgo a intelectualizar a porfía un sentimiento que no he elegido, que estaba en mí desde hace tiempo y que el recuerdo de aquellas tardes en el campo con mis abuelos trae a mi voz un renovado placer cuando me pongo a cantarlo.

Victoria

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